¿Se traducen los nombres propios?

Dentro de la amplia y variada casuística de los problemas de traducción, uno de los más recurrentes es el de los nombres propios, ya sea de personas o de lugares. Si bien es cierto que existen ciertas normas recomendadas, a fin de cuentas se pueden seguir diferentes criterios dependiendo de cuál sea el cliente, si la traducción será publicada o del objetivo de la traducción.

Empezando por ese último punto, durante muchos años se ha venido abogando en el mundo de la traducción por la teoría del skopos. Ese término griego significa “propósito”, y lo que proponía el lingüista Hans Vermeer era que en el ámbito de la traducción (y la interpretación) debía anteponerse sobre todas las cosas el objetivo del texto en el idioma original y trasladarlo a la lengua y cultura de destino.

El debate sobre la traducción literal

Con esta base, se empieza a desterrar la teoría generalizada de que la traducción literal es la manera más fiel de reproducir el texto original. Ese sentimiento se va quedando anticuado y los expertos en la materia aseguran que más vale transmitir correctamente el sentido, pero sobre todo el objetivo, para que la traducción funcione correctamente cuando la reciba el nuevo público.

Dicho esto, ya se asume que no todo es traducible o al menos no se debe traducir. En el caso concreto de los nombres propios, hay diferencia de criterios y la respuesta a la pregunta sobre si deben traducirse es… “Depende”. Por lo general, no, ya que un nombre propio que se asigna a una persona o lugar forma parte de su identidad propia y es una característica inherente que no se puede borrar. En esa línea nos encontramos personajes que han pasado a la historia manteniendo su nombre original en lengua castellana:

  • John Lennon
  • James Bond
  • Michael Jordan
  • George Bush

A nadie se le ocurriría hoy en día referirse a ellos como Juan, Jaime, Miguel o Jorge, respectivamente, del mismo modo que a la inversa tampoco se hace (“Anthony Flags” en lugar de “Antonio Banderas”). Sin embargo, existe la convención de que cuando se trata de personajes de gran relevancia o pertenecientes a la realeza (“La Reina Isabel”) se naturaliza y se adapta a su correspondencia en castellano.

Con los lugares sucede algo parecido, algunos nombres se han adaptado al castellano y otros no. Londres, Múnich, Oporto son algunos ejemplos que han cambiado su forma, mientras que otras se mantienen. De hecho, a veces surge cierta controversia con las regiones que tienen otra lengua cooficial en España (euskera, catalán o gallego), ya que los topónimos suelen sufrir una castellanización por parte de ciertos sectores cuando en realidad el nombre original surgió en otro idioma. En estos casos, se recomienda dejar la política de lado y ser fieles a la etimología.

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